Cuando hablamos de México y Brasil, hablamos de dos países que se conocen bien, que se observan desde hace décadas y que comparten mucho más de lo que a veces reconocemos. Somos las dos mayores economías de América Latina, contamos con mercados internos de gran escala, sectores industriales sofisticados y empresas con presencia global. Sin embargo, durante años nuestra relación económica ha avanzado por debajo de su verdadero potencial.
En 2025, el comercio bilateral alcanzó los 15,992 millones de dólares, consolidando a Brasil como nuestro primer socio comercial en la región. Lo más relevante es que esta tendencia favorable continúa fortaleciéndose hasta hoy: entre enero y julio de 2026, las exportaciones brasileñas a México crecieron 3.2%, mientras que las exportaciones mexicanas con Brasil como destino aumentaron 29.6%.
Estas cifras son importantes, pero detrás de ellas hay algo igualmente relevante: empresas que están encontrando nuevos clientes, proveedores que se están integrando a cadenas productivas y sectores que comienzan a mirar al otro país no como un mercado lejano, sino como un socio natural.
Ese espíritu estuvo presente durante la VI Reunión de la Comisión Binacional México-Brasil, celebrada a inicios de agosto en Brasilia. La amplitud de los temas abordados durante este encuentro confirma que la relación ya no puede entenderse únicamente desde el comercio. Hoy hablamos también de energía, salud, ciencia, tecnología, agricultura, educación e innovación.
Entre los avances destacan la cooperación entre Pemex y Petrobras, el intercambio de experiencias en biocombustibles y una agenda científica que incluye inteligencia artificial, semiconductores, supercómputo, biotecnología y el sector espacial.
La pregunta ahora es: ¿cómo traducimos esa voluntad política en más negocios, inversión y empleo? Una parte fundamental de la respuesta está en la modernización de los instrumentos comerciales que regulan nuestra relación. La visita a México del Vicepresidente de Brasil, Geraldo Alckmin, en agosto del año pasado permitió reactivar la conversación sobre los Acuerdos de Complementación Económica (ACE) 53 y 55.
Actualizar estos acuerdos no debe concebirse simplemente como una negociación de aranceles. Para las empresas, muchas veces los mayores obstáculos están en otra parte: reglas de origen complejas, trámites aduaneros, certificaciones, regulaciones sanitarias o procesos administrativos que elevan costos y restan competitividad.
El ACE 53 fue firmado hace más de dos décadas. Desde entonces, el mundo cambió profundamente. También cambiaron nuestras economías. Hoy México y Brasil tienen capacidades industriales mucho más sofisticadas y enfrentan un entorno internacional en el que diversificar mercados y construir cadenas regionales de valor ya no es únicamente deseable: es estratégico.
A esto debemos sumar los sectores que definirán la economía de los próximos años: inteligencia artificial, semiconductores, tecnologías digitales, servicios financieros, bioeconomía y energías renovables.
Desde el Consejo Empresarial Brasil-México (CEBRAMEX), impulsado por la Confederación Nacional de la Industria de Brasil (CNI) y el Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior, Inversión y Tecnología (COMCE), hemos trabajado precisamente para que esta agenda no dependa únicamente de las visitas presidenciales o de encuentros ocasionales.
La relación empresarial requiere continuidad: reuniones constantes, identificación de obstáculos, seguimiento puntual y diálogo directo con ambos gobiernos. Si logramos mantener el diálogo, modernizar nuestros acuerdos comerciales y, sobre todo, escuchar a las empresas que todos los días construyen esta relación, podremos convertir una buena relación en una verdadera asociación estratégica.
Porque México y Brasil no sólo tienen mucho que vender el uno al otro. Tienen mucho que construir juntos.
*El autor es presidente del Comité Bilateral México-Brasil del COMCE